Por Aristóteles
Oxford Classical Texts, Londres, 1946.
A partir del capítulo seis de “La
poética”, Aristóteles habla de que los hombres representan las acciones, que se
deduce en primer lugar que la aparición de los personajes en escena debe ser
parte del todo, enlazando el tema de la fábula hasta el capítulo diez, dándonos
a conocer las partes y características que la conforman.
La fábula es la combinación de
los incidentes o sucesos ocurridos en la historia, mientras que el carácter es
lo que nos deja ver ciertas cualidades morales de los protagonistas, y el
pensamiento se advierte en todo lo que ellos dicen cuando prueban un aspecto
particular, o quizás enuncian una verdad general. Cada tragedia consta de seis
partes, cualidades; la fábula o trama, los caracteres, la dicción o elocución,
el pensamiento, el espectáculo, y la melodía. La tragedia es en esencia una
imitación no de las personas, sino de la acción y la vida, de la felicidad y la
desdicha. Toda felicidad humana o desdicha asume la forma de acción.
El protagonista nos da
cualidades, pero es en nuestras acciones lo que hacemos donde somos felices o
lo contrario. En un drama los personajes no actúan para representar los
caracteres, pues incluyen los caracteres en favor de la acción. De modo que es
la acción en ella, su fábula o trama la que constituye el fin o propósito de la
tragedia, y el fin es en todas partes lo principal.
El espectáculo, aunque es una
atracción, es lo menos artístico de todas las partes, y tiene escasa relación
con el arte de la poesía. El efecto trágico es por completo posible sin una
función pública y sin actores, y además la puesta en escena del espectáculo es
más un problema de la técnica escenográfica que de los poetas.
La construcción adecuada de la
fábula o argumento, en cuanto ésta es sin duda lo primero y lo más importante
en la tragedia. Hemos establecido que una tragedia es una imitación de una acción
que es completa en sí misma, como un todo de cierta magnitud; pues un todo puede
carecer de magnitud para hablar de él. El límite establecido por el actual
estado de cosas es éste: cuanto más extensa es la fábula, siempre que resulte
coherente y comprensible.
Aristóteles dice que de todo lo
ya mencionado, se desprende que la tarea del poeta es describir no lo que ha acontecido,
sino lo que podría haber ocurrido, esto es, tanto lo que es posible como probable
o necesario. La distinción entre el historiador y el poeta no consiste en que uno
escriba en prosa y el otro en verso, la diferencia reside en que uno relata lo
que ha sucedido, y el otro lo que podría haber acontecido. De aquí que la
poesía sea más filosófica y de mayor dignidad que la historia, puesto que sus
afirmaciones son más bien del tipo de las universales, mientras que las de la
historia son particulares.
Las fábulas son o simples o
compuestas, debido a que las acciones que representan obedecen naturalmente a
esta doble descripción. A la acción simple, que procede en la forma definida,
como un todo continuo, la llama simple, cuando el cambio en la fortuna del
héroe se realiza sin peripecia ni reconocimiento; y compleja cuando ella encierra
una u otra de estas desventuras, o ambas. Estas acciones deben surgir de la estructura
de la fábula misma, de manera que resultan ser la consecuencia, necesaria o probable
de los antecedentes.
Ésta vez, para finalizar, no diré
algo muy diferente a lo ya dicho sobre ésta obra, pues creo que el vocabulario
que se utiliza es un poco más complejo a lo que nosotros, como estudiantes,
estamos acostumbrados. Sin embargo, puede entenderse a la perfección si se
tiene un diccionario al lado y una habitación en completo silencio.
María José Ramos.

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